Tolkien como anticapitalista, o de cómo el mercado libre es incapaz de hacer literatura

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Hay, en ocasiones, que acudir a la fantasía, a los mundos irreales y ficticios de la literatura, para dar testimonio de las opiniones de los hombres. En los mundos que se han construido fuera de éste, a través de siglos y siglos de literatura, ha quedado filtrada una defensa de determinados valores, voluntaria o involuntariamente, pero siempre comprometida por un tipo de vida en favor de otra, por un tipo de sociedad en favor de otra; esto es, todos los mundos ficticios presentan una moralidad antropológica irreductible. No sólo esto: esta moral que estructura la ficción, y que toma parte a la hora de caracterizar, sobre todo, a amigos y enemigos (‘buenos’ y ‘malos’) en toda historia, tiende a ser común; y no solo común, sino anticapitalista. Lejos de depositar aquí esta afirmación como un elegante dogma, voy a intentar darle continuidad y sentido a lo largo de este artículo.

Así presenta J. R. R. Tolkien al dragón Smaug en el libro “El Hobbit”:

“Los dragones, sabéis, roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que en la práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de hojalata. En realidad apenas distinguen una pieza buena de una mala, aunque en general conocen bien el valor que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí mismos, ni siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura que llevan”.

Empecemos por señalar que, del mismo modo que el libro físico, con sus páginas y su tinta, está inmerso en un mundo más grande, asimismo la ficción, con sus personajes y sus argumentos, está inmersa en nuestro mundo de personas e historias. La ficción, por lo tanto, no está exenta de relaciones entre su mundo y el nuestro; y la misma exclamación que un día nos azuza la lectura diciendo “¡Eh! ¡Sancho Panza es clavado a mi tío el del pueblo!”, otro día nos arroja la política observación de “¡Eh! ¡Este dragón reúne todas las características del capitalista medio!”, y da comienzo a la reflexión.

Los dragones roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos. En el nivel de análisis compartido por la sociedad española actual, esta chispa relacional saltaría asemejando al dragón con un político corrupto, por ejemplo, o con el director del banco que ha quebrado y ha sido rescatado con dinero público, o quizá con los responsables del oligopolio de las eléctricas. En un nivel más profundo de análisis, este dragón podría ser el propietario de los medios de producción, que a través de la plusvalía roba al trabajador el producto de su trabajo; sea como sea, son ladrones del hombre de a pie.

Guardan el botín mientras viven y ni siquiera lo disfrutan. Aquí, podríamos pensar, la cuerda que conecta realidad y ficción quizá esté en los infinitos ceros de esas cuentas corrientes que permanecen en su gigantez generación tras generación, incapaces de traducir en bienes tal cantidad de dinero, y en que (según algunas teorías) esa acumulación invisible impide, en otros lugares, el acceso a bienes de primera necesidad.

Qué decir de la incapacidad del dragón para distinguir el verdadero valor (tanto el valor del trabajo que produjo el objeto, como el valor sentimental) de un objeto, y su mera capacidad de conocer el valor de mercado; aquí parece la pipa de Tolkien humear marxismo, inculpando al dragón de quedarse en el valor de cambio sin ahondar en el verdadero valor de un objeto, que lo dota de sentido: el valor de uso. Por no hablar de la inutilidad práctica del dragón, que nos recuerda al viejo dueño de la fábrica, incapaz de desempeñar ningún trabajo más allá de la posesión del capital invertido.

Y en esta misma línea, defendiendo la moral antropológica irreductible compartida por cuentos y novelas historia a través:

“La ira del dragón era indescriptible, esa ira que sólo se ve en la gente rica que no alcanza a disfrutar de todo lo que tiene, y que de pronto pierde algo que ha guardado durante mucho tiempo, pero que nunca ha utilizado o necesitado”, o “Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, éste sería un mundo más feliz”, o “Ya hemos tenido bastantes hombres viejos y contadores de dinero! -Y la gente que estaba lejos se puso a gritar:- ¡Viva el Arquero y mueran los Monederos!”.

Esto es: predominancia del valor de cambio sobre el valor de uso, que impide el disfrute real de los objetos, reduciendo el disfrute a un mero fetiche de la mercancía; y reivindicación de la sencillez de vida, que se ve aplastada por los impulsos de progreso ilimitado y los delirios de acumulación abstracta que provoca el dominio del capital.

En palabras del propio dragón:

“Yo mato donde quiero y nadie se atreve a resistir. Yo derribé a los guerreros de antaño y hoy no hay nadie en el mundo como yo”.

Además de los aires de grandeza que la civilización occidental ha enarbolado continente tras continente, las palabras del dragón nos traen también la apología de la desregulación: hacer y deshacer donde se quiera sin que nadie resista, sin instituciones que regulen las consecuencias del libre mercado; ahí tenemos al mercado libre global, que ha terminado con las fronteras, la regulación estatal y el sindicalismo, que ha derribado a los guerreros de antaño y ante quien nadie parece tener fuerza para plantar cara. No es descabellado, digo, tras esta larga comparativa, leer el Hobbit y ver, allá donde vaya el dragón, la arrugada cara de Ronald Reagan.

Pero mi intención no es meramente mostrar la involuntaria crítica al capitalismo que ha quedado filtrada en este libro en concreto; mi intención va más allá, y es la de caracterizar determinados rasgos de la ficción que me han llamado la atención, por su profunda significación política.

En primer lugar, y como ya se ha mencionado, la ficción, al constituir algo tan relevante como la construcción literaria de mundos, es altamente susceptible de beber de aquellos valores e ideas que el autor tiene respecto de su mundo; y no sólo esto, sino que, al ser esta relación ciertamente velada, sucede con mucha frecuencia que el autor no es consciente de los valores e ideas que vierte en su mundo inventado, y así puede suceder que aquél que, siendo preguntado, defendiera tal sistema como el capitalismo, escriba cuentos para niños en los que se articule una condena a la avaricia. Esta aparente contradicción nos lleva a la siguiente característica.

La ficción, siendo fácil receptora de ideas y valores de nuestro mundo, resiste mucho mejor a los prejuicios, quizá porque, por muy intensiva y extensa que sea la creación de su mundo, no deja de ser una simplificación del real, y en esta simplificación las ideas aparecen siempre más simples, más fáciles de categorizar. Así, en una fábula, es fácil distinguir al avaricioso del sabio, sin embargo, en la realidad, entre la maleza de argumentos favorables a la competencia, que han deificado el espíritu emprendedor como motor de las sociedades, que han entronado a los dragones y les han vendido como hombres de bien, se torna más difícil la valoración moral.

Por ello, porque la ficción nos llega sin tantos prejuicios, nos es más fácil distinguir una bestia malvada en el dragón Smaug que en Bill Gates. Mientras que nadie verá en Smaug a un benefactor (y nadie dirá que Smaug da trabajo a aquellos encargados de matarlo, cosa que no deja de ser cierta, y que prendería como argumento en determinados debates), sí los hay que ven en Bill Gates a un hombre de bien, y son los mismos (y aquí nace la contradicción) que maldicen contra Smaug cuando leen su libro, y que reprochan su avaricia al animal de fábula.

Es, por este motivo, por lo que nos resulta más fácil rastrear la moral más natural al hombre en su ficción, porque en la ficción no viven los prejuicios que sí contaminan nuestra visión del mundo; porque en la ficción las relaciones y las ideas son más simples, y esto permite conocerlas mejor y establecer mejor las distinciones morales básicas; porque en la ficción no tenemos entrelazados nuestros intereses propios, que muchas veces son motivo y corrupción de nuestras ideas.

Es precisamente en la literatura, como lugar donde se recogen, desde siempre, los valores e ideas más propios de los hombres, donde vemos una sistemática condena de la avaricia, una demonización (desde las historias medievales hasta la más reciente literatura) del prestamista o banquero, una defensa de la vida simple y en familia, de la cooperación y la amistad… Es flagrante la ausencia de literatura capitalista: no hay mundos en la ficción que encumbren el individualismo como meta última, que llamen a la continua acumulación de capital y a la explotación del hombre con fines económicos.

En estos mundos, el capitalismo solo hace aparición como enemigo; desde el malvado mago que destruye un pueblo solo por interés propio (eso que hacen aquí cuando un pueblo está donde se planea una presa hidráulica o una nueva autopista) hasta el trasgo que acumula prisioneros “obligados a trabajar hasta que mueren por falta de aire y luz” (debe ser que hay trasgos en China, Bangladesh y medio sudeste asiático). Los capitalistas no tienen literatura, no tienen mundos en la ficción, no son más que los monstruos de cualquier mundo, y lo son, precisamente, porque son los monstruos del nuestro.

Daniel Punzón
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3 comentarios en “Tolkien como anticapitalista, o de cómo el mercado libre es incapaz de hacer literatura

  1. No puedo estar más de acuerdo… vivimos en el mundo de Saruman, que mancilla el verde de nuestra comarca, pero nuestros arboles no tienen ent’s que los defiendan. Sin duda existen muchísimos rastros de la forma de pensar de Tolkien en sus libros… El que su protagonico sea un hobbit, de constumbres hogareñas y barriga cervecera inocente de los grandes poderes, dice tambien bastante.

    • Además, pienso que el título puede llevar de todas maneras a confusión, ya que precisamente el mercado libre permitió a Tolkien publicar sus escritos, y que Tolkien no está en contra del mercado libre. Es más, en su descripción de la Comarca, se puede entender que existe cierta libertad de mercado.

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