Lo que se dijo hace veinte años sobre la España de hoy

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Leyendo una conferencia que pronunció el sociólogo Immanuel Wallerstein en 1993, me he encontrado con análisis profundamente válidos para la situación actual de España. Lo que hace veinte años, cuando Wallerstein pronunció este discurso con motivo del 25º aniversario de la Kyoto Seika University, no era más que el trazo de un posible futuro, resulta, leyéndolo hoy, un análisis digno de atención, que puede proporcionarnos claves para entender mejor el mundo que transitamos políticamente.

Así dice, en referencia al presente y también al futuro cercano:

“Los Estados no pueden seguir aumentando los subsidios a las empresas privadas y, al mismo tiempo, aumentando las prestaciones para el bienestar de la ciudadanía. Una de las dos cosas debe ser sacrificada, al menos en una importante medida. Con una ciudadanía más consciente, estas luchas, esencialmente luchas de clases, prometen ser monumentales”.

Veinte años después, en España, comprendemos estas palabras porque estamos viviendo esta lucha. Y desde el presente Estado español, que vive la socialización de las deudas de los bancos y el interminable expolio del presupuesto destinado a sanidad y educación, estas palabras parecen proféticas.

Sigue:

“La primera víctima de todas estas tensiones podría ser la legitimidad de las estructuras estatales y su capacidad para mantener el orden. La pérdida de esta capacidad implicaría nuevos gastos económicos y de seguridad, haciendo más agudas las tensiones, lo que a su vez repercutiría sobre las estructuras estatales debilitando aún más su legitimidad”.

Referencias a la pérdida de legitimidad de las estructuras estatales, que en nuestro país toma la forma del absoluto descrédito de la clase política; también referencias al aumento de la represión y el gasto en seguridad, y aquí lo tenemos, año tras año, en forma de un aumento en los presupuestos del equipamiento de los antidisturbios.

Una tras otra, las predicciones de Wallerstein parecen geométricamente aplicables, tanto al caso español como a la dinámica general de los Estados europeos en los últimos años. Siguiendo su acertada prospección del futuro, dice:

“Lo que podría ser diferente en los próximos 25-50 años no son tanto las operaciones del mercado mundial como las operaciones del mundo político y las estructuras culturales. Básicamente, los Estados perderían paulatinamente su legitimación y, por tanto, encontrarían cada vez más difícil el garantizar un mínimo de seguridad, tanto internamente como en las relaciones entre ellos. Sobre la escena geocultural podría no haber ningún discurso dominante, y las propias formas de debate cultural podrían ser sometidas a debate”.

Un cambio en las operaciones del mundo político, crisis en el discurso dominante que abra un debate sobre las propias formas de debate: hace dos años, España vivió este proceso, tal y como ha sido descrito, a través del 15M,  no ya del 15M como ente político con programa definido -que nunca lo fue-, sino como toma general de conciencia de la falta de legitimidad del discurso dominante. Este cambio significó la proliferación de asociaciones y asambleas en barrios, universidades y hospitales; el aumento de número y de seguimiento de medios de comunicación no convencionales; el aumento en frecuencia y número de manifestaciones y huelgas; en resumen, la primera puesta en cuestión generalizada del sistema económico y político implantado en la Transición, tanto teóricamente a través del debate público, como prácticamente a través de la movilización social.

Ante esta situación, Wallerstein, hace veinte años, se atrevió a plantear incluso el desenlace.

“Entonces, o bien este desorden se convierte en una forma de caos dentro del sistema, provocado por el agotamiento de las válvulas de escape del sistema, o bien empuja por otro camino dado que las contradicciones del sistema han llegado a un punto en el que ya no sirve durante mucho tiempo ninguno de los mecanismos de restauración del funcionamiento normal del sistema”.

Actualmente, el sistema, entendiendo por sistema el conjunto de las instituciones políticas y económicas que vertebran nuestro país, no tiene válvulas de salida: está anclado en sí mismo, con la espalda vuelta a cualquier mecanismo de participación democrática, favoreciendo el viejo bipartidismo, fallando en la autocrítica y cerrando los oídos ante las sistemáticas protestas de la población. Sin válvulas de salida, nuestro gobierno sufre un caos interno: mantiene su poder sin la legitimidad del apoyo popular.

Este caos interno es una de las opciones que presentaba Wallerstein. La segunda, la de “empujar por otro camino”, quizá sea la nuestra: la opción de aprovechar esta crisis de sistema, discurso y régimen, y emprender el cambio político. En la España actual este otro camino es la unión electoral de la izquierda, esto es, un pequeño impás en el sectarismo de cada una de las izquierdas, y una unión política que demanda el momento histórico. El mantenimiento de las izquierdas en grupúsculos electorales no es política, sino un teatro identitario que hace el juego al sistema; sin embargo, su unión, como ha demostrado la historia en España, plantea fuertes posibilidades, especialmente en momentos de crisis política, cuando es la propia sociedad la que pide este cambio.

Daniel Punzón
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